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El “siga siga” del fútbol en la guerra: “Hay que alegrar a los chicos en las islas”

Colón goleó a Tigre al día siguiente de la toma de Malvinas y Unión empató con Ferro dos días después. La selección se preparaba para defender el título de campeón en el Mundial de 1982 en España y debutó el día antes de la rendición. Por Enrique Cruz.

El “siga siga” del fútbol en la guerra, por Enrique Cruz

Una reconstrucción de aquellos días de 1982 evidencia que el fútbol argentino no detuvo su marcha durante los dos meses y medio que duró la guerra. Tampoco en el Mundial, cuando la selección de Menotti fue a España a defender el título logrado en 1978 y debutó el día previo al de la rendición. Justamente, aquél partido ante Bélgica que marcó el inicio de la cita mundialista, se dio en medio de la intensa lucha que fue la batalla final de Puerto Argentino. Así lo decidieron los hombres que eran los dueños de la vida y de la muerte de los argentinos en aquél momento. El fútbol se convirtió, una vez más, en funcional al sentimiento patriótico y a la política de Estado. No fue la única vez, pasó en muchas oportunidades. Era como si ningún suceso fuera de lo común pasara en el país: los hinchas siguieron yendo a la cancha y escuchando los partidos por radio o mirándolos por televisión. Parecía que no pasaba nada, pero pasaba: estábamos en guerra.

Malvinas se recuperó el viernes 2 de abril de 1982 en horas de la madrugada. Y ese mismo día, Central Norte de Salta y Mariano Moreno de Junín iniciaban la disputa de una nueva fecha del torneo Nacional. Al día siguiente, bajo la lluvia, Colón recibía la visita de Tigre y lo goleaba por 3 a 0 en aquella vuelta sabalera a los torneos de ascenso después de haber permanecido en Primera desde 1966 hasta 1981, mientras que Unión, el domingo, también recibía y empataba contra uno de los equipos más poderosos del momento: el Ferro de Carlos Timoteo Griguol, que fue campeón de ese Nacional.

Fueron días de delirio. River y Boca estuvieron cerca de jugar un amistoso en las Malvinas para “elevar la moral de los soldados argentinos”. Y el presidente de Boca, Martín Benito Noel (el mismo que compró a Maradona a Argentinos Juniors y lo vendió al Barcelona de España), justificó la idea: “Creo que es un deber patriótico, de los dirigentes, el de alegrar a nuestros muchachos en las islas”.

La Selección continuó preparándose para el Mundial y el 14 de abril empató 1 a 1 contra la Unión Soviética en el Monumental. Como todo servía para “alegrar” a los chicos de la guerra, el partido de Argentina y las dos fechas anteriores del Nacional fueron transmitidos en directo a las Islas Malvinas. “El encuentro despertó tal expectativa que acudieron más de 900 periodistas. El himno argentino fue coreado por la multitud con un fervor que sobrepasaba la realidad deportiva para depositarse en el sentimiento patriótico de los espectadores por los recientes acontecimientos deportivos y militares”, publicó el diario ABC de España, que también señaló el “impresionante” minuto de silencio previo al partido.

La euforia fue disminuyendo rápidamente a medida que pasaron los días. Cuando los jugadores de la selección llegaron a España para el Mundial, se comunicaban con sus familiares para decirles que “acá no se dice lo mismo que se está diciendo en Argentina”, en clara alusión a la tergiversación casi total de los hechos que se informaban en el país. Y volviendo a aquél partido ante Bélgica que marcó el inicio del Mundial y se jugó el día previo a la rendición, Marcelo Rosasco, ex jefe de deportes de Perfil, entregó una evocación en el documental El Fútbol es Historia, emitido por DeporTV: “En medio de un fuego cruzado encontramos una radio, que seguramente habían conseguido los chicos que vivían en esa trinchera, de una casa de algún kelper. Y no me preguntes cómo, pero tocando un cablecito y orientando para un lado y para el otro, mientras de fondo se escuchaban los bombardeos, muchos de los cuales caían cerca de nuestra posición, escuchamos a (José María) Muñoz relatando una parte de Argentina y Bélgica. En un momento llega el gol de Bélgica, y empezamos a maldecir, ‘puta madre, qué mala suerte, gol de los belgas, pero seguro que ahora lo damos vuelta’. No sé cuánto más estuvimos escuchando esa secuencia hasta que paró el fuego y nos tuvimos que ir”. De más está decir, contado por un ex combatiente.

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El 3 de abril de 1982, Colón, bajo la lluvia, le ganó a Tigre por 3 a 0. Eran tiempos complicados bajo todo punto de vista. El descenso de 1981, que no pudo ser evitado por Italo Giménez pese a sus ingentes esfuerzos, dejó el tendal deportivo y económico. Ese día siguiente al de la toma de Malvinas, Colón – que era dirigido por José Etchegoyen, el mismo que lo había llevado a jugar en Primera en 1965 – alistó a Michelli; Wermer, Huens, Batellini y Bustingorria; Mercado, Lapalma y Torres; Pesoa, Casaccio y Espíndola. Luego ingresaron Claudio Chena y Santos Ferreyra. También estuvieron en el banco Martino, Rivero e Inderkumer. En Tigre, algunos conocidos, empezando por Mántaras y Fertonani (dos ex Colón), Abelardo Cheves (luego se puso la rojinegra), Sergio García (campeón mundial juvenil tres años antes con Maradona), Paruzzo y Héctor Arregui. Los goles de Bustingorria, Pesoa y Torres le dieron la holgada victoria al equipo sabalero.

¿Y Unión?

Por aquellos días se hablaba de los números oficiales que habían arrojado la venta de Nery Pumpido a Vélez por 400.000 dólares, a cambio de 6 documentos de 50.000 dólares, más los préstamos de Noblea, Cataldo, Lanao y Hugo López. “No lo íbamos a contar, a Nery, hasta mitad de año por su participación en la selección argentina como tercer arquero (los otros eran Fillol y Baley), pero además no le íbamos a poder aumentar el 50 por ciento de lo que percibía en 1981”, fue lo que se informó por parte de la dirigencia, que era encabezada en ese entonces por Súper Manuel Corral.

El domingo 4, dos días después del avance de las tropas argentinas sobre Malvinas, Unión recibía la visita de Ferro. Reynaldo Volken puso en la cancha a Ferrari; Hugo López, Noblea, Cárdenas y Regenhardt; Eduardo Sánchez, Capocetti y Zavagno; Escudero, Logiáncono y Cataldo. Luego, José Luis Lanao entró por Sánchez y Carlos Mendoza lo hizo por el mendocino Logiácono. El Ferro de Griguol tenía a Barisio, Gómez, Cúper, Rocchia, Garré, Sotelo, Saccardi, Cañete, Crocco, Carlos Arregui, Juárez y “Palito” Brandoni, que fue el hombre que ingresó en el complemento. El partido terminó 1 a 1. Abrió la cuenta Juárez y lo empató el “Choclo” Regenhardt de tiro libre cuando restaban dos minutos para el final del partido.

A Unión no le fue nada mal en ese Nacional jugado en plena guerra de Malvinas. Clasificó como segundo de su zona (dejando afuera a Independiente) y cayó en cuartos de final ante Quilmes (dos empates en ambos partidos y derrota por penales), que disputó la final con el Ferro campeón.

En el torneo de la B, eran 22 equipos y jugaron todos contra todos en 42 fechas, pero se dividieron en dos zonas a los efectos del puntaje. Colón fue octavo en la A y quedó a cuatro puntos de Deportivo Español, que fue el último clasificado para el Reducido final. El campeón fue San Lorenzo (que sumó la mayor cantidad de puntos, desbordando estadios y sacando a muchos clubes de su cancha a cambio de una millonaria recaudación) y el segundo ascenso fue para Temperley, que en la final del Reducido venció a Atlanta en una infartante definición (13 a 12) con remates desde el punto del penal.

Muchos “chicos de la guerra” eran jugadores de fútbol, algunos de ellos continuaron sus carreras (caso De Felippe y Luis Escobedo, que en el 88 fue jugador de Colón), otros no pudieron seguir, como pasó con Claudio Petruzzi, que era arquero de Rosario Central y cuando volvió de la guerra, no pudo continuar en el fútbol y se dedicó a la medicina.
El país estaba en guerra, los chicos morían a miles de kilómetros, las informaciones nos desviaban hacia una ficción que estaba muy lejos de la realidad, y el fútbol era utilizado, una vez más, como un elemento de distracción para tapar los verdaderos males. Mientras Martín Benito Noel justificaba el seguir jugando para “alegrar a nuestros muchachos en las islas”, allá, a miles de kilómetros, ninguno tenía más de 20 años, ninguno imaginó que formaría parte de una guerra en la que murieron 649 argentinos, ninguno sabía realmente disparar un arma, ninguno tuvo otro sentimiento que no haya sido el miedo y ninguno tuvo otro objetivo que no sea el de salvar su vida (y si podía, la de sus compañeros).

Por Enrique Cruz

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