¿Cuál es la Flor Nacional de Argentina?
El ceibo fue declarada Flor Nacional en diciembre 1942, tras una encuesta abierta realizada por un diario en el que participaron más de 20 mil personas. Si bien, casi es otra la flor la que se queda con el título, finalmente la flor de pétalos rojos fue la ganadora.
Esta flor tiene muchos nombres, y todos son correctos, se la denomina seíbo o bucaré, su árbol es conocido en América del Sur como “árbol del coral”.
El ceibo es un árbol originario de América: se lo encuentra en la Argentina, en Uruguay (donde también cuenta con el título de Flor Nacional), en el Brasil y en Paraguay; siempre cerca de cursos de agua como el Paraná y el Río de la Plata. Perteneciente a la familia del poroto, es de tronco bajo y copa amplia y da una flor rojiza científicamente denominada Erythrina crista-galli “roja cresta de gallo”, por su similitud con el animal.
El bucaré florece en la primavera y se da a pleno sol y a la semisombra, requiriendo un suelo ligeramente húmedo. Además, se puede cultivar en maceta a través de esquejes semileñosos o semillas.
En la provincia de Santa Fe y Entre Ríos su árbol se puede encontrar fácilmente, incluso en lugares urbanos.
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¿La Magnolia casi fue la flor nacional argentina?
Si, la flor de magnolia casi se queda con el título de flor nacional argenta, ya que en un principio la magnolia fue la elegida para tal honor. Lamentablemente para la magnolia esto fue desaprobado por el Dr. Jurado, director del Museo de Historia Natural, ya que el árbol de Magnolia no era autóctono de Argentina.
La leyenda del ceibo
El pueblo guaraní tiene un mito especial que le da origen a la flor. Se dice que la flor del ceibo nació cuando la Anahí fue condenada a morir, tras participar en un cruento combate entre su tribu guaraní y el ejército invasor.
La joven era famosa por su hermosa voz, pero mucho no pude hacer frente el conflicto armado. Se dice que Anahí luchó tanto como pudo pero que finalmente fue apresada y condenada a la hoguera.
Los soldados la ataron a un tronco, amontonaron a sus pies pajas y ramas secas, y al rato una roja llamarada la rodeó de fuego. Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó a cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que le entregaba su corazón antes de morir.
Su voz estremeció a la noche, y la luz del nuevo día pareció responder a su llamado: consumido el fuego, los soldados se sorprendieron al ver que el cuerpo de Anahí se había transformado en un manojo de flores rojas, naciendo así el buscaré.

