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De la “listita” de Falcioni al estrepitoso fracaso de Rondina

Colón no tomó nota, a partir del día siguiente del título de campeón, que había que planificar el futuro deportivo y no quedarse en las mieles del éxito. El plantel se desjerarquizó y consumió dos entrenadores en ocho meses.

Por Enrique Cruz

De la nada, sacó un papel y aclaró: “Tengo un recordatorio por si me olvido de alguno“. Y empezó a leer lo que tenía en la lista. Julio Falcioni enfrentaba a la prensa luego del partido con Huracán en Santa Fe, antes de jugar la revancha con Talleres por la Libertadores. Se veía venir el final. Pidió paciencia. “No la pido para mí, sino para estos chicos que están afrontando una exigencia para la que no están lo suficientemente preparados“, dijo Falcioni. En el torneo local, los flojos resultados se sucedían. En la Libertadores, el equipo había ganado el grupo jugando muy bien los partidos como local. Talleres era el rival en octavos de final y luego le hubiese tocado Vélez (que eliminó a River). Hasta semifinales, la llave venía contra equipos argentinos. La derrota -precedida de una mala actuación- ante Talleres no sólo dejó afuera de la Copa a Colón sino afuera del club a Falcioni. Pero antes de irse, el técnico dejó su sentencia.

Volvamos a ese post partido con Huracán. “Prediger, Méndez (N. de R: ¿habrá sido Mauro, el que quería Unión y se llevó Estudiantes?), Poblete, Neri Domínguez, Ojeda, Conti, Weigandt, Zuqui, Blanco (el de Independiente) y Cepellini (mediocampista ofensivo uruguayo) fueron los jugadores con los cuáles hablamos y por distintos motivos no hubo acuerdo y no vinieron“, dijo en ese momento Falcioni. Algunos nombres tomaron estado público y otros no. Pero lo que importa es entender el por qué Falcioni dijo lo que dijo. Y el sentido que le dio a esa lista que hizo pública: intentar mantener la jerarquía de un plantel que de a poco se estaba desmembrando y tenía una exigencia importante como la Copa Libertadores.

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Seguramente, los dirigentes y Mario Sciacqua tendrán explicaciones. Sorprende que Colón no haya podido mantener un plantel de jerarquía siendo campeón, clasificado para la Copa Libertadores y en una institución que tiene fama de disponer de sueldos apetecibles para jugadores del nivel mencionado.

En un año, Colón dilapidó ya dos entrenadores y uno de ellos -Rondina- con apenas siete partidos dirigidos. Se jugaron ya 14 fechas y no sólo que el equipo no aparece, sino que extraña que algunos jugadores que llegaron con cierta chapa y despertando expectativas, estén afuera del equipo y jugando apenas un puñado de minutos, caso Perlaza y Otazú.
Evidentemente, fracasó el plan, el proyecto deportivo. Eso debió pensarse desde el día siguiente a la heroica noche de San Juan. Se sabía de antemano lo que podía llegar a pasar con el entrenador y con los jugadores. A principios de año, ya con secretario técnico en funciones y un entrenador de experiencia, ducho en esto de jugar competencia internacional y preparar un plantel para la exigencia de acumulación de partidos, el decaimiento progresivo de la jerarquía del mismo se fue observando hasta llegar a un nivel muy bajo, casi impensado, como ocurrió con Independiente en Santa Fe y, sobre todo, con Central Córdoba en Santiago del Estero.

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Rondina “refundó” parcialmente el equipo cuando armó algo que no tenía previsto en sus planes y en su ideología, al visitar a Newell’s: plantó una línea de cinco y trató de refugiarse para mantener el cero en su arco. En el momento en el que pretendió imponerle su sello, no pudo ganarle a Arsenal en Santa Fe y perdió con los santiagueños, mostrando el equipo una gran confusión. Rondina no es el único responsable. Es un eslabón más en una cadena de la que tampoco se puede eludir a los jugadores, aunque como siempre se dice en el fútbol: el que paga los platos rotos es el entrenador.

Hablando de “refundación”, el que llegue (o Chupete, si la confianza de los dirigentes y los resultados lo acompañan) deberá entender que eso es lo que hay que hacer. Hay jugadores que no son ni la sombra de lo que fueron, hay otros que no se sabe cómo juegan (por lo poco o nada que se los ha utilizado) y hay un funcionamiento que no aparece.
Las decisiones futbolísticas que, otrora, fueron positivas y permitieron alinear los planetas para la formación de un equipo campeón, hoy han sido equivocadas. De arriba para abajo se fueron sucediendo los errores. Con resultados que están a la vista.

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Colón pareció ponerle punto de llegada al título de campeón y no de partida. Domínguez pedía que “sigan exigiéndonos” cuando el equipo transitaba sin demasiadas ambiciones de protagonismo el torneo de la Liga de 2021. Se terminó yendo después de perder el trofeo de campeones con River. Allí, Vignatti decidió volver a un esquema que, en Colón, parece no funcionar (el de la secretaría técnica). Con Mario Sciacqua y la elección de Julio Falcioni, se pensó en reconstruir un equipo que iba perdiendo jerarquía de manera peligrosa y precipitada. No sólo se fueron artífices de aquél éxito del año pasado, sino que lo que llegó no pudo disimular lo que se fue. Hay honrosas excepciones que confirman la regla (Nacho Chicco, Wanchope Abila y punto). Los que se quedaron son, en algunos casos, la sombra de lo que fueron (Goltz, Delgado, Bernardi, el mismo Pulga Rodríguez). Así, el momento deportivo se consume en la intrascendencia que a ningún hincha le cierra.

Rondina fue la víctima en sólo siete partidos. No le encontró la vuelta, entró en la confusión y pagó un caro precio, como alguna vez le pasó a Toresani, Juanchi Pizzi y el retorno de Diego Osella antes de la pandemia. Un puñado de partidos y fueron historia.

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